lunes, 1 de febrero de 2010

CUESTIÓN DE PRIORIDADES

La verdad es que cada día me sorprenden más las decisiones de la alcaldía de BCN, y cómo se determina en esta ciudad qué asuntos requieren urgencia y cuáles no. Tampoco acabo de entender cómo se fija el criterio de la utilización y distribución de los recursos, que la mire por donde la mire es totalmente negativa.

Las aceras de la calle Urgell, que se pusieron nuevas este verano sin que, desde mi punto de vista, fuera prioritario hacerlo, ya están sueltas. Algunas baldosas están rotas y otras desniveladas. ¿Por qué no se revisa la calidad de los acabados en las obras públicas? ¿Existe un supervisor que verifique los acabados antes de pagar, como lo haríamos en casa? Quien decretó dar prioridad al cambio de aceras en muchas calles del centro de Barcelona no ha tenido en cuenta las carencias reales de las mismas, o las necesidades de muchos de los barrios periféricos. Muchas calles del Carmelo o de otros barrios siguen estando fatal, completamente olvidadas; existen calles mal asfaltadas, aceras llenas de socavones o en las que el pavimento es totalmente inexistente. ¿No sería mejor dejar las calles en buenas condiciones para todos los peatones de la ciudad, en vez de malgastar los recursos en el centro sólo por la vanidad de dar una buena imagen a los turistas? ¿Cuáles son los derechos de los ciudadanos realmente?

En la calle Valencia, y sin acabar de secarse las juntas del pavimento de las nuevas aceras, se han tenido que volver a levantar para pasar unos cables o una tuberías nuevas. ¿No se puede prever todo esto antes de iniciar una obra? ¿Por qué no existe un consejo que coordine, con sentido común, lo que es o no necesario hacer para no despilfarrar los recursos de esta manera?

También en Collblanc se hicieron las aceras nuevas, y por lo que me han comentado, no se colocaron bien y ahora, cada vez que llueve, los vecinos y transeúntes que pasan por las calles tienen que estar muy atentos para no salpicarse del barro que nace entre las rendijas de la acera. Si las aceras que hicieron nuestros abuelos todavía se mantienen firmes, ¿por qué no se consigue ahora los mismos resultados? ¿Por qué eliminamos lo que está bien para continuar haciendo chapuzas? ¿Qué está fallando en las obras públicas de esta ciudad?

Hace pocos días, paseando por la calle Aribau a las 12 del mediodía, me sorprendió ver que una brigada de Barcelona Neta estaba regando las aceras. Esto generaba reacciones y quejas más o menos adversas entre los viandantes y vecinos, y no pude evitar preguntarme: ¿Es éste el mejor momento del día para efectuar la labor de limpieza? ¿Es necesario derrochar tanta agua y crear tantos charcos para eliminar cuatro hojas secas y unos cuantos papeles? ¿No saldría más barato barrer?

El señor que manejaba la manguera iba haciendo broma sobre si les iría bien o no regar a las jovencitas que pasaban, dos de las cuáles pegaron un respingo cuando el agua las salpicó, y otra se asustó porque andaba distraída hablando por el móvil y no lo vio venir. La brigada de limpieza estaba bromeando todo el rato y no parecía tener muy en cuenta los inconvenientes que su labor causaba a muchas personas. Dos dos ancianos tuvieron que acelerar su paso, incluso en un momento trataron de correr para evitar ser mojados. En el fondo, todo esto parecería una pantomima de una película de humor, si no fuera por lo inapropiado del tema. No fue simplemente el suelo y los transeúntes lo que quedo mojado a su paso, también quedaron bañadas las motos que habían aparcadas en la acera.

Y en cambio, no le echaron ni una sola gota de agua a los árboles, alrededor de los cuales se iban creando charcos pero no en la tierra que cubre sus raíces. No pude resistir la tentación de preguntar a la cuadrilla de limpieza por qué no regaban los árboles al mismo tiempo que limpiaban las aceras, ya que el agua se estaba malgastando, y uno de ellos me contestó, no sin cierta ironía: “Señora, nosotros no somos de parques y jardines y no tenemos por qué regar los árboles”. Su respuesta me desconcertó todavía más: no creo que a los árboles de Barcelona que andan escasísimos de agua les importe demasiado quién los riega y quién no, ya que lo esencial es mantenerlos vivos y sanos. El Ayuntamiento se ha gastado un montón de dinero en comprar y sustituir muchos de los árboles de nuestra ciudad, pero al final no hay nadie que los cuide. Simplemente se podan, pero ahí acaban los cuidados.

Todavía guardo en la memoria la imagen de aquellos camiones cuba de color verde, que puntualmente regaban los árboles, 1 ó 2 veces a la semana, dependiendo de si habíamos tenido más o menos lluvia. Porque antes, con muchísimos menos recursos, éramos más capaces de cuidar y mantener la ciudad limpia, los árboles regados y ahora todo parece tan difícil y complicado.

Para mi vivir en la “millor botiga del mon” tiene muchos inconvenientes y muy pocas ventajas, y como ciudadana necesito expresar mi desacuerdo con la política del Sr. Hereu y sus colaboradores. Me da tristeza ver lo poco que realmente aman la ciudad, lo poco que la cuidan en general y lo mucho que aman el ver crecer el dinero en sus bolsillos gracias a las comisiones, que todos sabemos que existen pero que, sin embargo, nadie hace nada por evitar estos fraudes. Pero sobretodo me irrita ver la falta de cordura que existe en la elección de las prioridades.

Otro aspecto negativo es la falta de urinarios públicos. Siempre he sido una gran amante de los paseos por nuestra ciudad, aunque tengo que reconocer que cada vez existen más zonas por las que pasear ha dejado de ser un placer, para convertirse en una experiencia desagradable por el olor que existe en muchas de las calles de Ciutat Vella, Gràcia, la Barceloneta o la Sagrada Familia. Es cierto que cada vez hay más incivismo, y más turistas borrachos que se dedican a practicar en nuestra ciudad lo que no harían en sus lugares de origen. No es la primera vez que veo a alguien aligerando su vejiga entre dos coches o dos contenedores. Y es que no todo el mundo está dispuesto a pagar un euro o un euro y pico para entrar en un bar y hacer sus necesidades.

Tal vez si todos hiciéramos más presión en el Ayuntamiento y actuáramos de forma solidaria, podríamos mejorar muchos de estos aspectos y hacer de nuestra ciudad un lugar más confortable.

María Isabel Correas

viernes, 17 de julio de 2009

MALBARATAR LOS RECURSOS CIUDADANOS

Me imagino que cada habitante de esta ciudad ha padecido en propia carne las obras y la mala gestión de sus alcaldes y políticos en un momento u otro. Siempre me ha sorprendido la falta de coherencia y planificación que existe en nuestra ciudad, y no será porque no trabajen muchísimas personas en la alcaldía.

Vivo en la calle Aribau de Barcelona y durante años he tenido que sufrir con las zanjas en las aceras, ora abiertas, ora cerradas, ora vueltas a abrir. Ahora, la compañía de la Luz, tras unos cuantos días, cuando ya estaba rehecho el pavimento, y luego venía la compañía del Gas o del Teléfono y volvían a empezar nuevamente. He perdido la cuenta de las veces que se han rehecho las aceras de los barrios de Barcelona, por falta de planificación. ¿Qué sentido tiene hacerlo de este modo? ¿Por qué no se puede organizar de otro modo y hacer una propuesta desde la alcaldía a esas compañías para que cooperen y no tiremos constantemente el dinero?.

Ya sé que todo tiene una explicación, pero para esta falta de criterio y previsión sólo veo una: hay mucha gente llenándose los bolsillos con todo esto.

Se han efectuado muchas otras obras faraónicas, como la remodelación del Moll de la Fusta, con la finalidad, en un principio, de despejar una gran parte de la circulación de camiones por esa zona, y que después debían pasar por debajo del paseo. Pero... ¡Horror! Una vez finalizadas las obras, se descubrió que no se había tenido en cuenta la diferencia de altura de muchos de esos camiones y, por lo tanto, no se pudo utilizar la vía subterránea para este fin. Podríamos seguir enumerando muchos de los errores cometidos en estas obras, pero prefiero denunciar otros aspectos.

Cuando en un principio se decidió dar un nuevo enfoque a la plaza Lesseps, para ayudar a la fluidez en la circulación de vehículos, los vecinos y comerciantes pidieron que se hicieran las obras pensando en el bien común, y que debía dejarse una gran parte ajardinada para disfrute de las personas mayores y los niños, pero nadie escuchó. Evidentemente, la petición ciudadana no fue tenida en cuenta y se descartó. Ahora todos debemos pagar nuevamente por este grave error y por la negligencia con la que fue tratado este tema. Y lo que en aquel momento se negó como posibilidad, ahora se ha convertido en el nuevo proyecto. ¿Es necesario hacer las cosas tantas veces? ¿Otras ciudades europeas actúan igual? ¿Es normal no hacer caso de los criterios de los vecinos, para unos cuantos años más tarde recoger esas ideas y plantearlas como nuevas? ¿No se puede prever adecuadamente en estos proyectos las necesidades reales? ¿Una obra semejante, que crea tantas dificultades y molestias a todos, no deberían durar más tiempo? ¿No deberíamos tener en cuenta la comodidad y el bienestar de los vecinos y transeúntes? ¿Es lógico gestionar tan sumamente mal los recursos económicos?

Ahora, volvemos a encontrarnos con unas obras que se han de volver a efectuar, y en las que, una vez más, se ha malgastado el dinero público: las obras del tambor de las Glorias. Hasta donde me alcanza la memoria, los vecinos de la zona se quejaron antes de que empezaran las mismas, advirtiendo de lo que podría pasar más tarde. Y la verdad es que la opinión popular no erró en sus argumentos, como ya se ha podido comprobar. Pero, como siempre, se hizo oídos sordos a las peticiones populares.

Y ahora, nuestro alcalde ha tenido la genial idea de cargarse la Diagonal. Y se van a eliminar más de un millar de árboles, muchos de ellos centenarios. ¿Es que no ha tenido suficiente con talar más de 3.500 encinas centenarias en el Tibidabo, para dar paso a una atracción que nadie necesita? ¿Acaso estas obras están justificadas por problemas de tráfico, o con los transeúntes? ¿O es que una vez más vamos a tirar por la ventana un millón y pico de euros, o más, para satisfacer la egolatría de alguien? ¿Por qué debemos seguir consintiendo todo esto? ¿No vamos a decir nada ante esta dilapidación sistemática?

¿Os habéis fijado que la opción de dejar la Diagonal tal como está no se ha recogido? Parece ser que no interesa que la opinión pública decida que no tiene ningún sentido meternos en semejante despilfarro y todas las molestias y desventajas que representa, o que no tiene ninguna utilidad hacer todo esto. ¿Por qué tanta mentira y parafernalia? ¿Acaso se creen que somos idiotas, incapaces de pensar por nosotros mismos?

Bien, como ciudadana estoy bastante harta de tanta manipulación y de tanto engaño. Me cansa toda esta pantomima, me agota que nos tomen el pelo de esta manera. ¿No es cierto que hay crisis? ¿No es cierto también que faltan guarderías, escuelas, institutos, jardines y otro tipo de infraestructuras mucho más necesarias que remodelar la Diagonal?
¿Por qué no empezamos a hacer primero las cosas que realmente son útiles e imprescindibles, y si después sobra dinero, lo repartimos entre los más necesitados? La verdad es que actuar con coherencia no es tan difícil, pero si es imprescindible cuando se nos llena la boca hablando de sostenibilidad.


María Isabel Correas

REQUIEM POR LA BARCELONA MODERNISTA

REQUIEM POR LA BARCELONA MODERNISTA

¿Por qué mientras que las grandes capitales europeas luchan por conservar su patrimonio artístico-arquitectónico, en nuestra ciudad los alcaldes y arquitectos luchan por erradicar, por completo, la belleza de las formas modernistas de nuestro paisaje ciudadano? ¿Quién empezó a aniquilar las atractivas y sensuales formas de la arquitectura y la decoración modernista de la que ha sido uno de los puntales mundiales de este movimiento? ¿Por qué se ha permitido la destrucción sistemática de prácticamente todas las tiendas y negocios modernistas? ¿Quién se está beneficiando de esta Barcelona ecléctica, aparte de los bolsillos de unos cuantos desaprensivos? ¿Y nosotros como ciudadanos no vamos a decir nada? ¿Sólo nos vamos a movilizar cuando gana el Barça?

Nací en la calle Hospital, al lado de la Rambla de las Flores. Desde la más tierna infancia me fascinaba observar los dibujos de las fachadas, las gárgolas, adornos y artesonados que cubrían la Ciudad y que abrían sus puertas a la mirada del paseante sensible. Pequeñas muestras de arte que permitían disfrutar de un paseo gratificante a cada paso. Desde las fincas de las calles más humildes, al esplendor de las casas y negocios del Paseo de Gracia o de Rambla Cataluña, la ciudad se abría coqueta y seductora a la mirada de nativos y visitantes.

Uno de las primeras decepciones que recibí fue saber que se iban a eliminar las tiendas de flores y las fuentes de hierro forjado que habían adornado las Ramblas desde siempre, a las que mis ojos estaban tan acostumbrados, y que curiosamente se han conservado y todavía se pueden disfrutar en un boulevard de Paris. ¿Por qué ellos las han valorado y nosotros no?

Después, el suelo urbano empezó a encarecerse, y dio paso a unos “sombreros” horrorosos, que despuntaban en la parte alta de muchos edificios, produciendo un raro contraste: en principio se veía una mujer bella, esbelta y engalanada con sus mejores joyas, pero con un sombrero de paja ajado y descolorido en su cabeza. Y nadie se quejó ni dijo nada en contra de este oprobio.

Otro golpe magistral, entre muchos otros que ido recibiendo después, fue ver desaparecer dos edificios hermosísimos en la esquina de la calle Fontanella con Pza. Cataluña. Y para que no olvidemos su hermosura y que perduren sus esculturales formas en nuestra memoria para siempre, y, como no, para que quede constancia de la salvajada que se hizo en su día, se conserva un trozo de balconada pegada a una pared de unos grandes almacenes en la misma calle Fontanella. Me parece una auténtica burla, francamente.

Ahora, veo con tristeza cómo cada día que pasa desaparece un edificio con personalidad, para dar paso a otro que no tiene ningún tipo de concordancia con los que tiene a su lado. ¿Acaso los arquitectos no tienen en cuenta donde van a edificar, y no miran, en absoluto, qué existe a izquierda y derecha de su próxima construcción? ¿Y si ellos no lo hacen, de qué sirve tener una alcaldía y un Sr. Alcalde que, teóricamente, debería salvaguardar y velar por el patrimonio y la belleza de nuestra ciudad?

No creo que en Paris, Londres, Roma o Praga ningún alcalde haya permitido los “asesinatos arquitectónicos” que se están permitiendo en Barcelona.

No necesito, ni me gusta, vivir en una ciudad-tienda, un lugar en el que cada cuál puede destrozar o ensuciar lo que quiera impunemente, porque no existe ningún tipo de legislatura en la que apoyarse para evitar que el masacre continúe. No necesito soportar los gritos ni el exceso de alcohol de la juventud, o de los visitantes y turistas que constantemente invaden la ciudad, y que no tienen ningún cariño ni respeto por ella. ¿En sus ciudades natales serían capaces de hacer las gamberradas y los allanamientos que se les permiten aquí? ¿Eso es lo que deseamos los barceloneses: eclecticismo, tiendas sin personalidad y muy ruidosas, visitantes poco respetuosos y alcaldes que sólo desean llenar sus bolsillos lo antes posible?

Sólo me mueve un interés y un deseo: seguir disfrutando de una ciudad que amo profundamente, una Barcelona que poseía personalidad propia, capaz de respetar todo lo que existe en ella, ya sean sus habitantes, su cultura, sus edificios o sus árboles. Una ciudad que consiguió en un momento determinado ganarse el prestigio y el reconocimiento artístico en Europa, tanto por el sabor de sus calles, la amabilidad de su gente y la amplia oferta de sus tiendas y negocios.

Pero la verdad es que no es agradable vivir en un sitio donde sus gobernantes no tienen interés alguno en continuar protegiendo y embelleciendo la ciudad, que desperdician, constantemente, los recursos, que continúan con la cruzada de eliminar el patrimonio de la misma. Creo que podemos parar, si nos movemos, esta oleada de falta de amor y reconocimiento de las cosas bellas que todavía nos quedan, aunque sean pocas, en nuestra ciudad.



María Isabel Correas