Me imagino que cada habitante de esta ciudad ha padecido en propia carne las obras y la mala gestión de sus alcaldes y políticos en un momento u otro. Siempre me ha sorprendido la falta de coherencia y planificación que existe en nuestra ciudad, y no será porque no trabajen muchísimas personas en la alcaldía.
Vivo en la calle Aribau de Barcelona y durante años he tenido que sufrir con las zanjas en las aceras, ora abiertas, ora cerradas, ora vueltas a abrir. Ahora, la compañía de la Luz, tras unos cuantos días, cuando ya estaba rehecho el pavimento, y luego venía la compañía del Gas o del Teléfono y volvían a empezar nuevamente. He perdido la cuenta de las veces que se han rehecho las aceras de los barrios de Barcelona, por falta de planificación. ¿Qué sentido tiene hacerlo de este modo? ¿Por qué no se puede organizar de otro modo y hacer una propuesta desde la alcaldía a esas compañías para que cooperen y no tiremos constantemente el dinero?.
Ya sé que todo tiene una explicación, pero para esta falta de criterio y previsión sólo veo una: hay mucha gente llenándose los bolsillos con todo esto.
Se han efectuado muchas otras obras faraónicas, como la remodelación del Moll de la Fusta, con la finalidad, en un principio, de despejar una gran parte de la circulación de camiones por esa zona, y que después debían pasar por debajo del paseo. Pero... ¡Horror! Una vez finalizadas las obras, se descubrió que no se había tenido en cuenta la diferencia de altura de muchos de esos camiones y, por lo tanto, no se pudo utilizar la vía subterránea para este fin. Podríamos seguir enumerando muchos de los errores cometidos en estas obras, pero prefiero denunciar otros aspectos.
Cuando en un principio se decidió dar un nuevo enfoque a la plaza Lesseps, para ayudar a la fluidez en la circulación de vehículos, los vecinos y comerciantes pidieron que se hicieran las obras pensando en el bien común, y que debía dejarse una gran parte ajardinada para disfrute de las personas mayores y los niños, pero nadie escuchó. Evidentemente, la petición ciudadana no fue tenida en cuenta y se descartó. Ahora todos debemos pagar nuevamente por este grave error y por la negligencia con la que fue tratado este tema. Y lo que en aquel momento se negó como posibilidad, ahora se ha convertido en el nuevo proyecto. ¿Es necesario hacer las cosas tantas veces? ¿Otras ciudades europeas actúan igual? ¿Es normal no hacer caso de los criterios de los vecinos, para unos cuantos años más tarde recoger esas ideas y plantearlas como nuevas? ¿No se puede prever adecuadamente en estos proyectos las necesidades reales? ¿Una obra semejante, que crea tantas dificultades y molestias a todos, no deberían durar más tiempo? ¿No deberíamos tener en cuenta la comodidad y el bienestar de los vecinos y transeúntes? ¿Es lógico gestionar tan sumamente mal los recursos económicos?
Ahora, volvemos a encontrarnos con unas obras que se han de volver a efectuar, y en las que, una vez más, se ha malgastado el dinero público: las obras del tambor de las Glorias. Hasta donde me alcanza la memoria, los vecinos de la zona se quejaron antes de que empezaran las mismas, advirtiendo de lo que podría pasar más tarde. Y la verdad es que la opinión popular no erró en sus argumentos, como ya se ha podido comprobar. Pero, como siempre, se hizo oídos sordos a las peticiones populares.
Y ahora, nuestro alcalde ha tenido la genial idea de cargarse la Diagonal. Y se van a eliminar más de un millar de árboles, muchos de ellos centenarios. ¿Es que no ha tenido suficiente con talar más de 3.500 encinas centenarias en el Tibidabo, para dar paso a una atracción que nadie necesita? ¿Acaso estas obras están justificadas por problemas de tráfico, o con los transeúntes? ¿O es que una vez más vamos a tirar por la ventana un millón y pico de euros, o más, para satisfacer la egolatría de alguien? ¿Por qué debemos seguir consintiendo todo esto? ¿No vamos a decir nada ante esta dilapidación sistemática?
¿Os habéis fijado que la opción de dejar la Diagonal tal como está no se ha recogido? Parece ser que no interesa que la opinión pública decida que no tiene ningún sentido meternos en semejante despilfarro y todas las molestias y desventajas que representa, o que no tiene ninguna utilidad hacer todo esto. ¿Por qué tanta mentira y parafernalia? ¿Acaso se creen que somos idiotas, incapaces de pensar por nosotros mismos?
Bien, como ciudadana estoy bastante harta de tanta manipulación y de tanto engaño. Me cansa toda esta pantomima, me agota que nos tomen el pelo de esta manera. ¿No es cierto que hay crisis? ¿No es cierto también que faltan guarderías, escuelas, institutos, jardines y otro tipo de infraestructuras mucho más necesarias que remodelar la Diagonal?
¿Por qué no empezamos a hacer primero las cosas que realmente son útiles e imprescindibles, y si después sobra dinero, lo repartimos entre los más necesitados? La verdad es que actuar con coherencia no es tan difícil, pero si es imprescindible cuando se nos llena la boca hablando de sostenibilidad.
María Isabel Correas
viernes, 17 de julio de 2009
REQUIEM POR LA BARCELONA MODERNISTA
REQUIEM POR LA BARCELONA MODERNISTA
¿Por qué mientras que las grandes capitales europeas luchan por conservar su patrimonio artístico-arquitectónico, en nuestra ciudad los alcaldes y arquitectos luchan por erradicar, por completo, la belleza de las formas modernistas de nuestro paisaje ciudadano? ¿Quién empezó a aniquilar las atractivas y sensuales formas de la arquitectura y la decoración modernista de la que ha sido uno de los puntales mundiales de este movimiento? ¿Por qué se ha permitido la destrucción sistemática de prácticamente todas las tiendas y negocios modernistas? ¿Quién se está beneficiando de esta Barcelona ecléctica, aparte de los bolsillos de unos cuantos desaprensivos? ¿Y nosotros como ciudadanos no vamos a decir nada? ¿Sólo nos vamos a movilizar cuando gana el Barça?
Nací en la calle Hospital, al lado de la Rambla de las Flores. Desde la más tierna infancia me fascinaba observar los dibujos de las fachadas, las gárgolas, adornos y artesonados que cubrían la Ciudad y que abrían sus puertas a la mirada del paseante sensible. Pequeñas muestras de arte que permitían disfrutar de un paseo gratificante a cada paso. Desde las fincas de las calles más humildes, al esplendor de las casas y negocios del Paseo de Gracia o de Rambla Cataluña, la ciudad se abría coqueta y seductora a la mirada de nativos y visitantes.
Uno de las primeras decepciones que recibí fue saber que se iban a eliminar las tiendas de flores y las fuentes de hierro forjado que habían adornado las Ramblas desde siempre, a las que mis ojos estaban tan acostumbrados, y que curiosamente se han conservado y todavía se pueden disfrutar en un boulevard de Paris. ¿Por qué ellos las han valorado y nosotros no?
Después, el suelo urbano empezó a encarecerse, y dio paso a unos “sombreros” horrorosos, que despuntaban en la parte alta de muchos edificios, produciendo un raro contraste: en principio se veía una mujer bella, esbelta y engalanada con sus mejores joyas, pero con un sombrero de paja ajado y descolorido en su cabeza. Y nadie se quejó ni dijo nada en contra de este oprobio.
Otro golpe magistral, entre muchos otros que ido recibiendo después, fue ver desaparecer dos edificios hermosísimos en la esquina de la calle Fontanella con Pza. Cataluña. Y para que no olvidemos su hermosura y que perduren sus esculturales formas en nuestra memoria para siempre, y, como no, para que quede constancia de la salvajada que se hizo en su día, se conserva un trozo de balconada pegada a una pared de unos grandes almacenes en la misma calle Fontanella. Me parece una auténtica burla, francamente.
Ahora, veo con tristeza cómo cada día que pasa desaparece un edificio con personalidad, para dar paso a otro que no tiene ningún tipo de concordancia con los que tiene a su lado. ¿Acaso los arquitectos no tienen en cuenta donde van a edificar, y no miran, en absoluto, qué existe a izquierda y derecha de su próxima construcción? ¿Y si ellos no lo hacen, de qué sirve tener una alcaldía y un Sr. Alcalde que, teóricamente, debería salvaguardar y velar por el patrimonio y la belleza de nuestra ciudad?
No creo que en Paris, Londres, Roma o Praga ningún alcalde haya permitido los “asesinatos arquitectónicos” que se están permitiendo en Barcelona.
No necesito, ni me gusta, vivir en una ciudad-tienda, un lugar en el que cada cuál puede destrozar o ensuciar lo que quiera impunemente, porque no existe ningún tipo de legislatura en la que apoyarse para evitar que el masacre continúe. No necesito soportar los gritos ni el exceso de alcohol de la juventud, o de los visitantes y turistas que constantemente invaden la ciudad, y que no tienen ningún cariño ni respeto por ella. ¿En sus ciudades natales serían capaces de hacer las gamberradas y los allanamientos que se les permiten aquí? ¿Eso es lo que deseamos los barceloneses: eclecticismo, tiendas sin personalidad y muy ruidosas, visitantes poco respetuosos y alcaldes que sólo desean llenar sus bolsillos lo antes posible?
Sólo me mueve un interés y un deseo: seguir disfrutando de una ciudad que amo profundamente, una Barcelona que poseía personalidad propia, capaz de respetar todo lo que existe en ella, ya sean sus habitantes, su cultura, sus edificios o sus árboles. Una ciudad que consiguió en un momento determinado ganarse el prestigio y el reconocimiento artístico en Europa, tanto por el sabor de sus calles, la amabilidad de su gente y la amplia oferta de sus tiendas y negocios.
Pero la verdad es que no es agradable vivir en un sitio donde sus gobernantes no tienen interés alguno en continuar protegiendo y embelleciendo la ciudad, que desperdician, constantemente, los recursos, que continúan con la cruzada de eliminar el patrimonio de la misma. Creo que podemos parar, si nos movemos, esta oleada de falta de amor y reconocimiento de las cosas bellas que todavía nos quedan, aunque sean pocas, en nuestra ciudad.
María Isabel Correas
¿Por qué mientras que las grandes capitales europeas luchan por conservar su patrimonio artístico-arquitectónico, en nuestra ciudad los alcaldes y arquitectos luchan por erradicar, por completo, la belleza de las formas modernistas de nuestro paisaje ciudadano? ¿Quién empezó a aniquilar las atractivas y sensuales formas de la arquitectura y la decoración modernista de la que ha sido uno de los puntales mundiales de este movimiento? ¿Por qué se ha permitido la destrucción sistemática de prácticamente todas las tiendas y negocios modernistas? ¿Quién se está beneficiando de esta Barcelona ecléctica, aparte de los bolsillos de unos cuantos desaprensivos? ¿Y nosotros como ciudadanos no vamos a decir nada? ¿Sólo nos vamos a movilizar cuando gana el Barça?
Nací en la calle Hospital, al lado de la Rambla de las Flores. Desde la más tierna infancia me fascinaba observar los dibujos de las fachadas, las gárgolas, adornos y artesonados que cubrían la Ciudad y que abrían sus puertas a la mirada del paseante sensible. Pequeñas muestras de arte que permitían disfrutar de un paseo gratificante a cada paso. Desde las fincas de las calles más humildes, al esplendor de las casas y negocios del Paseo de Gracia o de Rambla Cataluña, la ciudad se abría coqueta y seductora a la mirada de nativos y visitantes.
Uno de las primeras decepciones que recibí fue saber que se iban a eliminar las tiendas de flores y las fuentes de hierro forjado que habían adornado las Ramblas desde siempre, a las que mis ojos estaban tan acostumbrados, y que curiosamente se han conservado y todavía se pueden disfrutar en un boulevard de Paris. ¿Por qué ellos las han valorado y nosotros no?
Después, el suelo urbano empezó a encarecerse, y dio paso a unos “sombreros” horrorosos, que despuntaban en la parte alta de muchos edificios, produciendo un raro contraste: en principio se veía una mujer bella, esbelta y engalanada con sus mejores joyas, pero con un sombrero de paja ajado y descolorido en su cabeza. Y nadie se quejó ni dijo nada en contra de este oprobio.
Otro golpe magistral, entre muchos otros que ido recibiendo después, fue ver desaparecer dos edificios hermosísimos en la esquina de la calle Fontanella con Pza. Cataluña. Y para que no olvidemos su hermosura y que perduren sus esculturales formas en nuestra memoria para siempre, y, como no, para que quede constancia de la salvajada que se hizo en su día, se conserva un trozo de balconada pegada a una pared de unos grandes almacenes en la misma calle Fontanella. Me parece una auténtica burla, francamente.
Ahora, veo con tristeza cómo cada día que pasa desaparece un edificio con personalidad, para dar paso a otro que no tiene ningún tipo de concordancia con los que tiene a su lado. ¿Acaso los arquitectos no tienen en cuenta donde van a edificar, y no miran, en absoluto, qué existe a izquierda y derecha de su próxima construcción? ¿Y si ellos no lo hacen, de qué sirve tener una alcaldía y un Sr. Alcalde que, teóricamente, debería salvaguardar y velar por el patrimonio y la belleza de nuestra ciudad?
No creo que en Paris, Londres, Roma o Praga ningún alcalde haya permitido los “asesinatos arquitectónicos” que se están permitiendo en Barcelona.
No necesito, ni me gusta, vivir en una ciudad-tienda, un lugar en el que cada cuál puede destrozar o ensuciar lo que quiera impunemente, porque no existe ningún tipo de legislatura en la que apoyarse para evitar que el masacre continúe. No necesito soportar los gritos ni el exceso de alcohol de la juventud, o de los visitantes y turistas que constantemente invaden la ciudad, y que no tienen ningún cariño ni respeto por ella. ¿En sus ciudades natales serían capaces de hacer las gamberradas y los allanamientos que se les permiten aquí? ¿Eso es lo que deseamos los barceloneses: eclecticismo, tiendas sin personalidad y muy ruidosas, visitantes poco respetuosos y alcaldes que sólo desean llenar sus bolsillos lo antes posible?
Sólo me mueve un interés y un deseo: seguir disfrutando de una ciudad que amo profundamente, una Barcelona que poseía personalidad propia, capaz de respetar todo lo que existe en ella, ya sean sus habitantes, su cultura, sus edificios o sus árboles. Una ciudad que consiguió en un momento determinado ganarse el prestigio y el reconocimiento artístico en Europa, tanto por el sabor de sus calles, la amabilidad de su gente y la amplia oferta de sus tiendas y negocios.
Pero la verdad es que no es agradable vivir en un sitio donde sus gobernantes no tienen interés alguno en continuar protegiendo y embelleciendo la ciudad, que desperdician, constantemente, los recursos, que continúan con la cruzada de eliminar el patrimonio de la misma. Creo que podemos parar, si nos movemos, esta oleada de falta de amor y reconocimiento de las cosas bellas que todavía nos quedan, aunque sean pocas, en nuestra ciudad.
María Isabel Correas
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